Les hablaba el otro día, con un ejemplo personal, de la paradoja de Popper. Explica que una sociedad basada en la tolerancia puede verse amenazada si permite que quienes desprecian ese valor lo usen para imponer actitudes excluyentes.
En los entornos de poder local esto se ve con claridad. No hace falta acudir a grandes instituciones; basta observar a quienes proclaman solidaridad o transparencia y, al mismo tiempo, practican la exclusión o el silencio calculado.
Lo digo de una forma que todo el mundo entienda. Se puede ser un niño bien, un zángano de platino, y presumir de verde penca y rojo salmonete. Se puede declamar feminismo en la calle y ejercer violencia en casa. Se puede ir por el mundo de víctima tras haber presentado una denuncia falsa en el juzgado. Pero no hay disfraz que dure. Al final la verdad se impone.
«Quien se siente cuestionado por una crítica justa se repliega, busca compañía cómoda, construye un relato a medida para apagar cualquier disidencia.»
En estos microclimas la paradoja deja de ser teoría. Quien se siente cuestionado por una crítica justa se repliega, busca compañía cómoda, construye un relato a medida para apagar cualquier disidencia. Parte del público lector también rechaza la crítica dura porque incomoda, obliga a pensar y rompe la comodidad de las ideas asentadas. Y al final quienes exigen ser escuchados son los primeros en cerrar la puerta cuando la voz ajena no les favorece.
Así nace un ecosistema donde la crítica honesta parece una agresión y la tolerancia se usa con oportunismo. Tolerar la intolerancia y convertir el silencio en método político vacía el espacio público de sentido. La salida está en la claridad y en la convicción de que ninguna comunidad prospera sin voces libres. En los ámbitos locales, donde todo se conoce y todo se recuerda, esta vigilancia moral no es un lujo. Es una necesidad. Y asumo mi parte.