El péndulo

Durante años, muchos se aferraron a la ilusión de que el mundo se estaba volviendo más humano. Un relato revestido de causas nobles y de una moral inapelable se impuso como única pauta de lo admisible. Quien dudaba, o simplemente pensaba distinto, quedaba arrinconado con etiquetas de cancelación. Así se fue construyendo una sociedad aparente, donde el decoro sustituyó al criterio y la obediencia emocional al pensamiento. Mientras tanto, quienes sostenían esta estructura de gestos y consignas no imaginaron que empujaban un péndulo con tanta fuerza que, tarde o temprano, terminaría por volverse contra ellos.

Ese retorno del artefacto ya no será suave. El centro moral se ha desplazado tanto que todo lo que no aplaude al nuevo dogma parece extremismo. Sin embargo, el efecto de contestación está en marcha. Cada vez más personas empiezan a ver que, bajo ciertas banderas de buenas intenciones, hay intereses; que detrás de algunas campañas hay censura; y que no toda disidencia es odio. El punto de inflexión no llegará con un gran escándalo ni con una catástrofe, sino con un gesto grave que el relato no pueda maquillar. Bastará para que la gente común, la que vota sin ruido, empiece a intuir que ha tragado lo suficiente; que comience a contemplar el mundo real en todo su esplendor.

Quizá un cisne negro se aproxime. Entonces, quienes antes reían desde la tribuna mirarán hacia abajo, sin entender por qué ya nadie les devuelve un gesto de complicidad. Será el momento en que algunos callen y unos pocos empiecen a arrepentirse. Puede ser cuestión de poco tiempo, tal vez días. Como en el cuento de Poe: el péndulo en el pozo.

La lucha de clases se convirtió en batalla cultural. Muchos que un día creímos en relatos que prometían justicia y progreso ya no aceptamos ciertas ficciones. Tampoco quienes ofrecieron orden como alternativa han cumplido sus promesas. No está claro lo que viene; pero sí que llegará como un péndulo implacable que pasará por encima de los satisfechos. Alguno se llevará por delante.

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