Los que ya no están

Hay personas a las que entierras en vida. Y eso está bien. No mueren. Dejan de estar para ti. No habrá llamadas. Nada que compartir con ellas. El silencio no nace de la distancia ni de un desencuentro. Simplemente se desvanecieron, las desvaneciste. Reposan en tu huerto de cruces fértiles.

Amigos de juventud. Compañeros de viaje que conocieron nuestras primeras batallas, nuestras canciones. Hombres o mujeres con quienes vivimos lo que no puede repetirse. Pero el tiempo labra distancias. Viven, sí. Ocupan un cargo, escriben un correo de vez en cuando; tal vez contestan con cordialidad o se hacen transparentes. Ya no están. Quizá se lo ganaron a pulso. Estos entierros no admiten flores. No se anuncian. No generan duelo. A veces, solo apatía.

También te han enterrado en vida. Y no lo sabes. Basta un gesto mal leído o una cobardía disimulada tras la prudencia. Alguna vez creí que los lazos de sangre, o de historia compartida, eran eternos. Hoy sé que nada lo es salvo el instante vivido.

He dado sepultura interior a personas que aún caminan por la calle, que saludan con fingida alegría. Aprietan la mano como si nada hubiera ocurrido. Y he descubierto que se puede convivir con esos espectros sin esperar nada de ellos. Los que ya no están.
Unos merecen el tributo de la memoria. Otros, ni el instante de preguntarse por qué aparecieron en tu vida.

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