Un país sin ventanas

Un día te despiertas y ya no puedes pagar en efectivo. No porque esté prohibido, sino porque nadie lo acepta. El de la tienda te mira raro. El banco te exige doble verificación para transferirte tu propio dinero. Cada gesto cotidiano —pagarte un café, regalarte un capricho— se convierte en un trámite moral bajo observación. Te puntúan la vida. Cada decisión deja rastro. Saben quién eres y saben dónde estás. Cada error queda archivado. No hay cárcel visible. Dicen que es por tu seguridad. Dicen que todo es más fácil así. Pero lo cierto es que han cegado las ventanas con nuestras propias manos.
Las alternativas no serán perseguidas. Serán disueltas con la burla de los mercenarios a sueldo. Todo lo que no sea digital será ridiculizado. Tachado de inútil. ¿Un trueque? Folklore. ¿Una moneda local? Delirio. ¿Una reunión autónoma? Sospechosa. Así es como se hace. No se prohíbe la libertad, se la convierte en irrelevante. Mientras tanto, quienes aún quieren decidir algo por sí mismos serán etiquetados como «marginales», «negacionistas» o «problemáticos». Lo que está en juego no es solo la economía. Es la posibilidad de vivir sin pedir permiso.
Nadie detendrá esto desde dentro. Las leyes no servirán, los manifiestos tampoco. No se puede convencer a quien ya ha elegido obedecer. El único margen está fuera del sistema. Lo vivo no desaparecerá, pero deberá esconderse. Será duro. Aunque tapien las ventanas, siempre habrá quien sepa abrirlas. Y bastará con que uno lo haga para que el aire vuelva a entrar.
Un día te despertarás decidido. Te dirán odiador, te llamarán reaccionario. Te condenarán por desafiar el discurso de valores dominante. Sabrás quién es el enemigo. Sabrás lo que hay que hacer. Lo que se avecina es con ellos o contra ellos. Sin sangre. Sin violencia. Y te tocará escoger.